Orígenes antiguos: necrópolis romanas y medievales

Los primeros vestigios de lugares de enterramiento en Sevilla se remontan a época romana. Como era costumbre en el Imperio, existían necrópolis extramuros junto a las vías de acceso a la ciudad (Híspalis). En el entorno de la Carretera de Carmona, al este de la urbe, se han hallado restos de una amplia necrópolis romana con mausoleos y tumbas que datan desde el siglo II d.C. hasta época tardía. Entre ellos destaca un gran mausoleo de planta basilical (siglos IV-VI) asociado a cultos martiriales, que algunos arqueólogos vinculan con la tradición de las santas Justa y Rufina. Estos restos confirman que ya en la Híspalis romana los muertos se sepultaban fuera de las murallas, a lo largo de los caminos, con construcciones funerarias de notable entidad según la posición social del difunto.

En la Sevilla medieval continuó la práctica de enterrar extramuros a determinadas comunidades. Durante el período islámico (711-1248) la ley religiosa requería cementerios fuera de la ciudad; de esta época se conocen indicios de maqbaras (cementerios musulmanes) extramuros, aunque poco documentadas. Por su parte, la comunidad judía de Sevilla (hasta su expulsión en el siglo XV) contaba con una necrópolis propia situada fuera de las murallas, cerca de la Puerta de la Carne. Las excavaciones han revelado que este cementerio sefardí se extendía por la zona de la actual calle Cano y Cueto hasta los terrenos donde hoy se ubica la Diputación Provincial. Allí se han encontrado numerosas tumbas medievales, con los restos dispuestos según el rito judío (inhumación en decúbito supino) y sencillas estructuras de ladrillo. Un fragmento de este camposanto hebreo ha sido preservado bajo un aparcamiento subterráneo moderno, donde puede verse una tumba de fines del medievo integrada a modo de pequeño monumento arqueológico.

Tras la conquista cristiana de 1248, las prácticas funerarias medievales cristianas en Sevilla estuvieron dominadas por los enterramientos intramuros. Durante siglos, lo habitual fue sepultar a los fallecidos dentro de iglesias, conventos o en pequeños patios de las parroquias y hospitales. Las élites y clérigos solían ser enterrados bajo las losas del templo –e incluso con monumentos funerarios suntuosos en capillas privadas– mientras que la mayoría de la población humilde recibía sepultura en camposantos parroquiales anexos a las iglesias o en fosas comunes de hospitales. Esta costumbre, común en toda Europa, hacía que los recintos sacros intramuros acumularan restos y, con el crecimiento urbano, la saturación y problemas sanitarios se volvieron patentes. Ya en las Constituciones del arzobispado de 1609 se intentó limitar los enterramientos dentro de los templos (solo permitiéndolos en capillas costeadas por el difunto), pero en la práctica Sevilla siguió enterrando mayoritariamente dentro de la ciudad hasta fines del siglo XVIII. Solo en situaciones excepcionales –grandes epidemias, por ejemplo– se habilitaban terrenos extramuros para enterrar a las víctimas en masa. Así ocurrió durante las mortíferas pestes de 1599-1600 y de 1649, en que miles de cuerpos fueron sepultados de urgencia en fosas fuera de las murallas, por ejemplo en los alrededores de la ermita de San Sebastián al sur de la ciudad.

De la ciudad al exterior: reformas ilustradas en el siglo XVIII

A fines del siglo XVIII, las preocupaciones ilustradas por la salud pública y la dignidad de los enterramientos impulsaron un cambio radical en la gestión funeraria en España. En 1778, el rey Carlos III promulgó una Real Cédula que ordenaba trasladar los cementerios “fuera de poblado”, prohibiendo las inhumaciones en el interior de las ciudades y sus templos. Este decreto buscaba poner fin a los enterramientos intramuros por razones sanitarias (malos olores, focos de infección) y supuso el inicio de una transformación paulatina: las ciudades debían construir cementerios extramuros específicos para acoger a todos los difuntos. En Sevilla, sin embargo, la implementación fue lenta y encontró resistencia social y eclesiástica (pues romper con la tradición de enterrar en “tierra santa” de las iglesias no era sencillo).

La necesidad terminaría imponiéndose a la costumbre. En 1800-1801, Sevilla sufrió una gravísima epidemia de fiebre amarilla que llegó a causar alrededor de 14.000-15.000 muertes en pocos meses. Ante la magnitud de esta mortandad, las autoridades se vieron obligadas a habilitar precipitadamente un gran cementerio provisional en las afueras, en unos terrenos al norte junto al Hospital de San Lázaro (hospital que, por estar dedicado a enfermos contagiosos, ya disponía de tierras apartadas). Miles de cadáveres fueron inhumados allí para evitar un colapso dentro de la ciudad. Como señala el historiador Francisco J. Rodríguez Barberán, esta emergencia evidenció la urgencia de contar con camposantos extramuros estables: lo que comenzó como fosas provisionales por la epidemia sentó el precedente para crear un cementerio público permanente fuera de las murallas.

Tras la epidemia, en las primeras décadas del siglo XIX el Ayuntamiento retomó la idea ilustrada de dotar a Sevilla de cementerios municipales fuera de la ciudad. Se trataba de una época convulsa (Guerra de la Independencia, crisis económicas), pero aun así se dieron pasos importantes. Un dato curioso es que el ilustrado Pablo de Olavide, cuando fue Asistente (alcalde) de Sevilla en los años 1770, no llegó a materializar ningún cementerio extramuros pese a su mentalidad avanzada; serían sus sucesores quienes, ya entrado el siglo XIX, afrontarían finalmente esta tarea impostergable.

El primer camposanto municipal: Cementerio del Prado de San Sebastián

A partir de 1820 comienza a concretarse en Sevilla la construcción de cementerios públicos extramuros. El primer cementerio municipal como tal fue el de San Sebastián, ubicado en el llamado Prado de San Sebastián al sur de la ciudad (zona entonces periférica, hoy barrio de El Porvenir). Este camposanto tiene su origen en una pequeña ermita de San Sebastián que existía extramuros desde el siglo XIII y cuyo entorno se había usado ocasionalmente para enterrar a víctimas de pestes desde el siglo XVII. En 1728, un miembro de la Hermandad de San Sebastián elevó al Asistente de la ciudad una queja por el estado de aquel terreno “donde estaban enterrados tantos católicos” pidiendo que se adecentara el lugar y se protegiera (incluso menciona que los cerdos removían los huesos). Aunque en aquel entonces no se acometió una obra formal, el sitio quedó identificado como espacio funerario.

No sería hasta la llegada del siglo XIX que se consolidara este camposanto. En 1819, la Hermandad de San Sebastián creó un pequeño cementerio privado en el atrio de su ermita, cobrando por los enterramientos para financiarse. Poco después, en 1821, el Cabildo de la Catedral solicitó a la Hermandad permiso para enterrar allí a los canónigos y clero catedralicio; se les concedió un espacio junto a la ermita donde el Cabildo construyó unos nichos en la pared norte. Estos antecedentes motivaron que el Asistente José Manuel de Arjona impulsara la creación de un cementerio público municipal en San Sebastián: en 1825 el arquitecto Julián de la Vega diseñó el recinto, con 202 nichos dispuestos alrededor de patios tras la ermita. Las obras finalizaron hacia 1828, inaugurándose así el primer cementerio extramuros de Sevilla.

Este Cementerio del Prado de San Sebastián era relativamente modesto: básicamente unos patios cercados con hileras de nichos en las paredes y algunas fosas comunes en tierra para los más pobres. Los nichos se alquilaban por ciclos de 7 años, tras los cuales los restos se trasladaban a osarios si la concesión no se renovaba –un sistema de enterramiento temporal que se generalizaría luego en España–. Aun con su sencillez, el nuevo camposanto alivió la presión de enterramientos dentro de la ciudad. Durante la epidemia de cólera de 1833, por ejemplo, se enterraron en San Sebastián 744 víctimas, cobrando una tarifa reducida debido a la catástrofe.

Sin embargo, el cementerio pronto resultó insuficiente. Sevilla seguía creciendo y las epidemias se repetían (hubo otras oleadas de cólera en mediados de siglo). Para 1841 ya se proyectaban ampliaciones y más nichos. La propia Hermandad de la Paz (heredera de la de San Sebastián) seguía cobrando por enterramientos y a veces surgían disputas con el Ayuntamiento por los precios. Hacia 1850, según fuentes municipales, el estado del recinto era ruinoso e insalubre: saturado con hasta 2.000 inhumaciones al año, con muros de nichos desplomados y terrenos inundados que hacían aflorar huesos. Ante esta situación, en 1856 el consistorio ordenó exhumar los restos dispersos y trasladarlos a una gran fosa común situada tras la ermita. En esa fosa-osario se erigió un crucero con lápida para señalizar el lugar de los restos. Poco después, en 1858, se demolieron las estructuras del cementerio antiguo, aunque –dato interesante– se mantuvo en uso durante algunos años más una pequeña zona reservada a los canónigos, junto a la iglesia, donde aún se enterró hasta la década de 1860. Oficialmente, el camposanto de San Sebastián fue clausurado años más tarde, en 1885, pero en la práctica ya había caído en desuso desde la apertura del nuevo cementerio general de la ciudad.

El legado material del cementerio de San Sebastián prácticamente ha desaparecido bajo la ciudad moderna. Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, el área del Prado de San Sebastián se urbanizó intensamente (fue sede de la Exposición Iberoamericana de 1929 y del recinto de la Feria de Abril durante décadas). Con el desarrollo del barrio de El Porvenir, los antiguos terrenos funerarios se transformaron: en el solar que ocupaba el osario hoy se levanta un bloque de viviendas. El único vestigio visible es el mencionado crucero con la lápida conmemorativa, que fue trasladado al jardín delantero de la actual Parroquia de San Sebastián. Dicha iglesia –reconstruida a finales del XIX– se erige en el mismo lugar de la ermita original y hoy custodia esa cruz que recuerda: “Demolido en 1858 el antiguo cementerio de S. Sebastián, trasladáronse aquí los restos exhumados…”. Así pues, del primer cementerio público de Sevilla solo queda la memoria histórica y un discreto monumento recordatorio en el patio de la parroquia.

La Iglesia de San Sebastián, en el barrio de El Porvenir, es hoy el único testigo del primer cementerio extramuros de Sevilla que ocupó sus alrededores en el siglo XIX. En su jardín frontal se conserva un crucero con una lápida que señala el lugar donde fueron reunidos los restos al clausurarse el camposanto en 1858.

El cementerio de San José de Triana: el camposanto olvidado

Poco después de San Sebastián, Sevilla contó con un segundo cementerio extramuros municipal para dar servicio a otro importante sector poblacional: el arrabal de Triana (al otro lado del río Guadalquivir). En 1832, el arquitecto Melchor Cano elaboró el plano de un cementerio público para Triana. Se eligió un terreno conocido como la haza de Antequera o de la Cerragería, próximo al Monasterio de la Cartuja, en la margen derecha del río. Las obras concluyeron pronto y el Cementerio de San José se inauguró el 1 de marzo de 1833. Este camposanto de Triana coincidió unos años en el tiempo con el del Prado de San Sebastián, aunque era de dimensiones y estructura similares: patios con nichos en las paredes y espacio para enterramientos en tierra, sin grandes elementos ornamentales.

San José cubría las necesidades funerarias de Triana y barrios occidentales, pero tampoco alcanzaba para toda la ciudad. Además, nunca llegó a cumplir la aspiración de ser el “gran cementerio general” que Sevilla precisaba. Con el paso de las décadas, se fue quedando pequeño incluso para el propio arrabal de Triana. Finalmente, al igual que San Sebastián, fue clausurado en 1885 cuando ya funcionaba el nuevo cementerio central de San Fernando. Los cuerpos allí enterrados permanecieron algún tiempo más; en 1901 se exhumaron sistemáticamente los restos y en 1907 el Ayuntamiento vendió el terreno. Sobre la parcela vacía se edificó en 1924 la barriada de San José, incorporándose el área al ensanche de la ciudad.

Hoy en día, la memoria del cementerio de San José también es difusa. Se sabe que se ubicaba aproximadamente entre la capilla del Patrocinio y el Monasterio de la Cartuja, en terrenos que actualmente corresponden al entorno de la Torre Sevilla (el rascacielos de la Isla de la Cartuja). Es decir, la antigua necrópolis de Triana quedó soterrada bajo las construcciones modernas y el paisaje urbano pos-Expo’92. No se conservan elementos visibles y pocos sevillanos conocen que allí existió un camposanto. Los historiadores destacan que su memoria se ha perdido por completo, a pesar de ser un cementerio desaparecido en época relativamente reciente.

El gran cementerio decimonónico: San Fernando

Ante la insuficiencia y malas condiciones de los pequeños cementerios del Prado y de Triana, el Ayuntamiento de Sevilla decidió a mediados del siglo XIX dar un paso definitivo: crear un gran cementerio general para toda la ciudad. Para ello se escogieron terrenos en la zona norte, cercanos al antiguo hospital de San Lázaro (donde, como vimos, ya se había improvisado el camposanto durante la epidemia de 1800). En 1851, el arquitecto municipal Balbino Marrón y Ranero presentó el proyecto de la nueva necrópolis. La propuesta de Marrón rompía en parte con el modelo de patios de nichos empleado hasta entonces: planteaba un recinto amplio, con una avenida central y numerosas sepulturas en el suelo (enterramientos en tierra) en lugar de priorizar los nichos en altura. Los nichos quedarían reservados solo para casos necesarios (forasteros o personas sin familiares), mientras que lo habitual serían tumbas en tierra y panteones familiares . Esta visión buscaba un efecto más parecido a un “cementerio-jardín”, siguiendo tendencias europeas de la época, donde las tumbas individuales y mausoleos se disponían en un entorno espacioso y ajardinado.

Las obras avanzaron con rapidez. A finales de 1852 se completó el cercado perimetral del cementerio. El recinto fue bendecido el 3 de enero de 1853 y comenzó a usarse de inmediato. Por acuerdo municipal del 3 de diciembre de 1852, se le dio el nombre de Cementerio de San Fernando (en honor al rey Fernando III, patrón de Sevilla). Desde el 1 de enero de 1853 se iniciaron oficialmente los enterramientos en este nuevo camposanto, quedando así concentradas en un solo lugar la mayoría de las inhumaciones de la ciudad. El Ayuntamiento promulgó enseguida unas Ordenanzas para regular su funcionamiento –las primeras normas municipales sobre un cementerio público en Sevilla–.

El Cementerio de San Fernando supuso un cambio cualitativo en las prácticas funerarias locales. Desde su apertura, el tipo de sepelio estuvo estratificado por categorías, según las posibilidades económicas de cada familia. Las ordenanzas de 1853 establecían sepulturas individuales de primera, segunda y tercera clase; tras agotarse estas, habría sepulturas comunes para varias personas, y finalmente fosas generales para indigente. Al otro extremo del espectro, se permitía la construcción de tumbas monumentales y panteones privados para quienes pudieran costearlos. De hecho, pronto algunas familias acomodadas erigieron suntuosos panteones en San Fernando, varios de ellos diseñados por el propio Balbino Marrón. Así, el cementerio se configuró desde el principio como un espacio diverso donde convivían desde humildes fosas comunes hasta elaborados mausoleos de la burguesía sevillana.

Con la entrada en servicio de San Fernando, los viejos cementerios de San Sebastián y San José quedaron obsoletos. Estos fueron clausurados oficialmente en 1885, consolidando a San Fernando como único cementerio municipal de Sevilla durante el siguiente siglo. El nuevo camposanto, ubicado extramuros pero relativamente cercano (al norte, en el barrio de San Jerónimo), se fue integrando en la vida de la ciudad. Fue ampliándose y adaptándose a las necesidades: a finales del XIX ya albergaba numerosas capillas y monumentos funerarios, y en el siglo XX se le dotó de instalaciones modernas (capilla, oficinas, crematorio en el siglo XX, etc.). San Fernando se convirtió en el escenario donde Sevilla vive su relación con la muerte hasta la actualidad.

Cabe destacar que el trazado original de Balbino Marrón incluía un espacio específico para enterramientos no católicos. En el plano de 1852 figura un triángulo aislado conocido como el “cementerio de disidentes”, destinado a las personas de otras religiones o que no hubieran recibido sacramientos. Este sector se mantuvo durante décadas como área separada (no consagrada), generalmente reservado a suicidas, herejes o quienes por algún motivo no podían ser enterrados en suelo católico. Con el tiempo, también se habilitó dentro de San Fernando una pequeña sección para la comunidad judía de la ciudad. En la década de 1920, tras gestiones de la entonces emergente comunidad sefardí (que volvió a existir en Sevilla tras la abolición de la expulsión), se cercó un espacio específico para tumbas judías, separado por una valla. Según relata el profesor Rodríguez Barberán, este hecho estuvo relacionado con una visita de congresistas estadounidenses a mediados del siglo XX, durante la cual la comunidad judía local aprovechó para exigir un lugar propio; el Ayuntamiento accedió y demarcó ese recinto independiente dentro del cementerio. Por otra parte, durante la Guerra Civil española (1936-39), el bando sublevado estableció en la zona noroeste de San Fernando un pequeño cementerio musulmán para enterrar con rito islámico a los soldados marroquíes (los Regulares) que fallecieron combatiendo por Franco. Este camposanto musulmán, con entrada propia, surgió porque las autoridades franquistas consideraron inapropiado sepultar a sus aliados musulmanes en el “cementerio de disidentes” (donde irían en teoría los opuestos al régimen). Son ejemplos de cómo San Fernando, a lo largo de su historia, ha incorporado secciones especiales reflejando la pluralidad (y las tensiones) de cada época.

Desde su fundación en 1853 hasta el presente, el Cementerio de San Fernando ha sido el principal escenario de las prácticas funerarias sevillanas. En él reposan los restos de la gran mayoría de sevillanos fallecidos en los últimos 170 años, incluyendo figuras ilustres de todos los ámbitos. Se trata de un camposanto de gran extensión que, en cierto modo, reproduce en su interior la estructura social de la ciudad y sus cambios históricos Como afirma el profesor Barberán, la necrópolis es “un depósito de memoria” y un reflejo a escala de Sevilla, con su “núcleo histórico, su ampliación burguesa, su periferia y las huellas que la historia ha ido dejando” en forma de estilos artísticos y costumbres funerarias.

El Cementerio de los Ingleses (San Jorge)

Además de San Fernando, Sevilla cuenta con otro camposanto histórico del siglo XIX: el Cementerio de San Jorge, conocido popularmente como Cementerio de los Ingleses. Se trata de un pequeño cementerio protestante, establecido en 1855 para la comunidad británica y otras personas de fe anglicana o no católica residentes en la ciudad. Hasta entonces, los extranjeros protestantes que morían en Sevilla enfrentaban serias dificultades para ser sepultados, pues no podían enterrarse en suelo consagrado católico. En siglos previos, estos cuerpos se enterraban casi clandestinamente de noche en las afueras e incluso en el siglo XVIII había funcionado un improvisado camposanto protestante en una huerta cerca de la Puerta de la Carne (propiedad del comerciante inglés Nathan Wetherell). Con la apertura de San Fernando se llegó a planear una sección para protestantes, pero finalmente no prosperó, por lo que la comunidad británica —con apoyo de su vicecónsul John B. Williams y del empresario Carlos Pickman— gestionó un terreno propio.

El Cementerio de San Jorge se ubica en el barrio de San Jerónimo, junto al antiguo Monasterio del mismo nombre, en la periferia norte de Sevilla (no lejos del Cementerio de San Fernando, del que dista unos 500 metros). Ocupa una parcela de unos 2.300 m² cedida en su día por Pickman (industrial ceramista británico) a la colonia inglesa. Desde 1855 hasta 1995 este camposanto recibió unos 175 entierros de ciudadanos británicos o sevillanos de origen inglés, incluyendo marineros, ingenieros de las minas de Riotinto, empresarios y sus familias. Es un típico cementerio-jardín victoriano, de atmósfera romántica: lápidas con inscripciones en inglés, cruces celtas, tumbas rodeadas de hiedra y viejos cipreses. El recinto está dividido por un muro en dos partes: una sección con enterramientos del siglo XIX y otra con los del siglo XX (donde la última inhumación data de 1995).

Tumba del siglo XIX en el Cementerio de San Jorge (cementerio de los ingleses) de Sevilla. Este camposanto protestante, establecido en 1855, alberga unas 250 sepulturas con inscripciones en inglés, siendo lugar de descanso de numerosos miembros de la colonia británica que residió en la ciudad.

Administrativamente, San Jorge siempre fue independiente del municipal: está gestionado por la Asociación británica San Jorge, formada por descendientes de quienes allí yacen. A diferencia de San Fernando, aquí no hay nichos de alquiler sino tumbas en tierra y nichos perpetuos en muros, siguiendo la tradición anglicana. Durante muchos años el cementerio cayó en abandono: al quedar enclavado en un barrio obrero, sufrió vandalismo y expolio (lápidas rotas, cruces de hierro robadas). Recientemente, un grupo de voluntarios locales apodados “Los Ángeles de la Ciudad” ha emprendido su limpieza y restauración, devolviéndole parte de su dignidad. Gracias a ello, este “secreto oculto” de Sevilla está siendo redescubierto como un valioso testimonio histórico. San Jorge es hoy uno de los pocos cementerios protestantes del siglo XIX que sobreviven en España y refleja la presencia extranjera en la Sevilla decimonónica, así como la tolerancia religiosa que, poco a poco, fue asentándose tras siglos de exclusividad católica.

Transformaciones normativas y cambios en las prácticas funerarias

Los cementerios sevillanos han experimentado importantes cambios en las prácticas funerarias y en la normativa a lo largo de los siglos. La transición desde los entierros intramuros medievales hasta los cementerios municipales ilustrados supuso un vuelco en la mentalidad colectiva ante la muerte. A fines del XVIII, las disposiciones de Carlos III de enterrar extramuros representaron un hito sanitario y urbanístico, separando por primera vez los espacios de los vivos y los muertos en la ciudad. En el XIX, con la construcción de San Sebastián, San José y finalmente San Fernando, Sevilla adoptó el modelo moderno de cementerio público municipal. Este proceso también implicó la secularización progresiva de la gestión de la muerte: los camposantos pasaron del control de la Iglesia (parroquias, cofradías) al control civil del Ayuntamiento. Por ejemplo, en 1853 el Ayuntamiento promulgó las primeras ordenanzas municipales para regular el cementerio de San Fernando, algo impensable en siglos anteriores cuando la Iglesia dictaba las normas de enterramiento. A finales del XIX, la legislación liberal en España consolidó la naturaleza civil de los cementerios, garantizando el enterramiento de cualquier ciudadano independientemente de su fe. De hecho, San Fernando incluyó desde el inicio el denominado “patio de disidentes” para no católicos, previendo ya la pluralidad religiosa que se afianzaría en el siglo XX.

Otra transformación significativa fue en la forma de enterramiento. Tradicionalmente, la inhumación en Sevilla se hacía directamente en tierra o en fosas comunes, a menudo envueltos los restos solo en sudarios. Con los cementerios decimonónicos se generalizó el uso de nichos modulares y de féretros. El alquiler temporal de nichos (como los 7 años en San Sebastián) marcó una diferencia con la práctica medieval de tumbas “perpetuas” en iglesias –aunque en San Fernando se permitieron también sepulturas y panteones perpetuos para quienes pagaran–. Esta dualidad derivó en un sistema estratificado: los pudientes podían adquirir panteones familiares de lujo, mientras los humildes eran enterrados en fosas comunes o nichos de corta concesión. Con el tiempo, el nicho revestido (osario) se volvió la fórmula más común por economía de espacio, y la reutilización cíclica de sepulturas se normalizó.

En el siglo XX, dos innovaciones se sumaron. Por un lado, la incineración apareció gradualmente como alternativa: aunque la Iglesia católica la desaconsejó hasta bien entrado el siglo XX, finalmente la aceptó, y el cementerio de San Fernando instaló hornos crematorios (hoy en día cuenta con ese servicio). Por otro lado, los cementerios se convirtieron en lugares más regulados en cuanto a higiene y urbanidad. Las visitas masivas en fechas señaladas (Todos los Santos, Difuntos) se organizaron de forma ordenada, y las autoridades municipales velan por el mantenimiento continuo. Actualmente, Sevilla dispone únicamente del cementerio de San Fernando para inhumaciones generales, complementado con algún columbario parroquial menor; la capacidad se garantiza mediante la construcción periódica de nuevos bloques de nichos y la existencia del crematorio que ha reducido la demanda de espacio físico (en las últimas décadas las incineraciones han aumentado notablemente, restando número a los entierros tradicionales).

Arte funerario y patrimonio cultural en los cementerios sevillanos

Los cementerios históricos de Sevilla no solo tienen un valor funcional, sino también un enorme valor cultural, artístico y patrimonial. Como señala el profesor Javier Rodríguez Barberán, “hay pocos sitios que hablen tanto sobre los vivos como aquellos que éstos destinan a sus difuntos”. En efecto, las necrópolis son depósitos de memoria colectiva y verdaderos museos al aire libre. En Sevilla, especialmente en el Cementerio de San Fernando, el arte funerario alcanzó gran relevancia desde finales del siglo XIX. Arquitectos y escultores de renombre ensayaron allí todo tipo de estilos en la construcción de panteones y monumentos funerarios. Se pueden admirar mausoleos con elementos del estilo regionalista andaluz, otros de inspiración neogótica, neoclásica, modernista, e incluso obras cercanas al expresionismo y cubismo del siglo XX. Estos estilos reflejan las corrientes artísticas de cada época, igual que sucedió en la arquitectura civil de la ciudad.

Entre las obras más destacadas del arte funerario sevillano figura el famoso “Cristo de las Mieles”, un Cristo crucificado de bronce realizado en 1895 por el escultor Antonio Susillo. Esta escultura preside una rotonda del cementerio de San Fernando y es célebre no solo por su calidad artística sino por la leyenda que la rodea (se dice que unas abejas formaron un panal en la boca de Cristo, produciendo miel, de ahí su nombre). Otro ejemplo notable es el Panteón de los Marqueses de Pickman, diseñado en estilo neogótico por el arquitecto Juan Talavera en 1888. Igualmente, sobresalen el panteón de la familia López-Solé (modernista), la tumba del pintor José Villegas Cordero, el panteón del arquitecto Aníbal González (autor de la Plaza de España, enterrado aquí bajo una elegante tumba) y la sepultura del propio Antonio Susillo.

Los cementerios son también repositorio de la memoria de personajes ilustres. En San Fernando descansan numerosos toreros famosos –como Joselito “El Gallo” cuyo panteón monumental es muy visitado, o Ignacio Sánchez Mejías–, así como artistas (la cantante Juanita Reina), poetas y escritores (el premio Nobel Vicente Aleixandre tuvo cenizas aquí antes de ser trasladadas), políticos (Diego Martínez Barrio, presidente de la II República, entre otros) y próceres locales de familias históricas (los Soto, Ybarra, Pickman, etc. aparecen en los panteones. Esta mezcla convierte al cementerio en un “quién es quién” de la historia sevillana. Toreros, bailaores, pintores, arquitectos, militares, monjas, empresarios y ciudadanos anónimos comparten el suelo sagrado de San Fernando, lo que subraya un aspecto democrático de la muerte: al final, “personas desconocidas y de altos niveles sociales acaban encontrándose en el mismo lugar”.

El patrimonio artístico funerario de Sevilla, por desgracia, no siempre ha sido valorado. En las últimas décadas, sin embargo, ha crecido la sensibilidad hacia su conservación. Algunas tumbas han sido restauradas y las administraciones comienzan a catalogar panteones de valor histórico-artístico. Además, se ha desarrollado un incipiente necroturismo: visitas culturales al cementerio para admirar su arte y conocer historias allí sepultadas. Cada año, alrededor del Día de Todos los Santos, el Ayuntamiento organiza rutas guiadas por San Fernando, donde guías especializados explican epitafios, simbología de las esculturas, leyendas locales y anécdotas de los difuntos célebres. Este tipo de iniciativas están resignificando el cementerio como un espacio cultural visitable, además de su función religiosa.

Los cementerios ante epidemias, guerras y reformas urbanas

Los cementerios sevillanos han estado íntimamente ligados a los grandes eventos históricos que ha vivido la ciudad, siendo a la vez consecuencia y escenario de ellos. Ya vimos cómo las epidemias marcaron sus orígenes: la peste de 1649 obligó a usar fosas extramuros; la fiebre amarilla de 1800 precipitó la creación de un cementerio fuera de murallas; las sucesivas olas de cólera en el siglo XIX aceleraron la ampliación y luego el reemplazo de los pequeños camposantos. Cada crisis sanitaria impulsó mejoras en las prácticas funerarias, desde desinfección de fosas hasta prohibir entierros en iglesias, configurando un sistema más saludable.

En tiempos de conflicto bélico, los cementerios también registraron huellas indelebles. Durante la Guerra Civil de 1936, el cementerio de San Fernando fue testigo silencioso de la represión en Sevilla: miles de fusilados por el régimen franquista fueron enterrados en fosas comunes en sus terrenos. En especial la fosa llamada “Pico Reja” albergó los restos de unos 4.500 represaliados, entre ellos el notario Blas Infante (Padre de la Patria Andaluza) y decenas de concejales y civiles ejecutados . Estas fosas permanecieron décadas semi-olvidadas hasta que en tiempos recientes, dentro de políticas de Memoria Histórica, comenzaron tareas de exhumación e identificación. Hoy San Fernando no es solo un camposanto convencional sino también un lugar de memoria para recordar a las víctimas de aquella tragedia, habiéndose erigido monumentos conmemorativos en algunas fosas comunes. Por otro lado, la propia Guerra Civil trajo la creación, ya mencionada, del cementerio islámico de 1936 para tropas marroquíes, reflejando incluso en la muerte las divisiones del conflicto.

Las reformas urbanísticas de la ciudad también han afectado o aprovechado espacios de antiguos cementerios. A medida que Sevilla creció más allá de sus murallas en el siglo XX, zonas que fueron extramuros en su día quedaron integradas en la trama urbana. El caso del Prado de San Sebastián es ilustrativo: tras clausurarse el cementerio allí, el sitio se transformó totalmente. En las primeras décadas del siglo XX, el antiguo camposanto dio paso a equipamientos civiles: se trazó la amplia avenida del Cid, se construyeron pabellones de la Exposición de 1929 y más tarde instalaciones como la estación de autobuses y jardines del Prado. Algo semejante ocurrió en Triana: los terrenos de San José fueron primero barrio obrero y luego, con la Expo’92, parte del Parque Tecnológico Cartuja; hoy la Torre Sevilla se yergue en las inmediaciones, símbolo de la ciudad moderna sobre suelo donde antes hubo lápidas. En resumen, los espacios de la muerte no han sido ajenos a la evolución de la metrópoli: cuando dejaron de cumplir su función, fueron reciclados para nuevos usos acordes a las necesidades de cada época.

Por último, cabe destacar la resiliencia de algunos cementerios ante los cambios. El caso del Cementerio de San Fernando es paradigmático: fundado en las afueras en 1853, hoy día se halla rodeado por la ciudad contemporánea (barrios de San Jerónimo, Parque Empresarial Nuevo Torneo, etc.), pero ha logrado adaptarse y continuar operativo. Se han realizado ampliaciones dentro de su perímetro y se modernizaron servicios para seguir siendo suficiente, evitando por ahora la necesidad de construir un segundo gran cementerio metropolitano. Así, San Fernando sigue siendo, 170 años después, una necrópolis viva en su función y al mismo tiempo un espacio histórico donde se puede leer la evolución de Sevilla.

La historia de los cementerios de Sevilla es, en el fondo, una parte esencial de la historia de la propia ciudad. Desde las antiguas necrópolis romanas y judías, pasando por los improvisados enterramientos de epidemia, hasta los cementerios planeados de la era moderna, el tratamiento que cada sociedad dio a sus difuntos refleja sus valores, miedos y transformaciones. En Sevilla, el paso de los oscuros fosos medievales dentro de iglesias a los soleados patios extramuros ilustrados nos habla de un cambio de mentalidad impulsado por la Ilustración y la ciencia. Los avatares del siglo XIX –con sus conflictos, avances higiénicos y diversidad religiosa creciente– quedaron inscritos en la geografía funeraria: San Sebastián, San José, San Fernando, San Jorge… nombres de camposantos que narran capítulos de salud pública, de urbanismo y de tolerancia. Y en sus lápidas y esculturas, artistas y familias dejaron un legado de arte funerario de notable riqueza, convertido hoy en patrimonio a proteger.

En definitiva, los cementerios históricos sevillanos –aunque a veces olvidados o transformados– son depositarios de la memoria hispalense. Sus muros guardan las historias de epidemias sobrecogedoras, de reformas urbanas que miraban al futuro, de migrantes ingleses que trajeron su fe, de héroes y víctimas de guerra, y de tantísimos ciudadanos anónimos que construyeron la Sevilla que conocemos. Recorrer estos lugares con mirada atenta permite valorar no solo su función mortuoria sino también su importancia cultural: como escribió Becquer, “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, pero en Sevilla al menos, la huella de los muertos acompaña a los vivos en la arquitectura de la ciudad y en el recuerdo imborrable de su legado.